Medios de comunicación y familia: responsabilidad compartida

Posted by Publicadas por Clemente Sánchez-Uribe On 14:41


María de la Luz Casas Pérez[1]

Introducción

En los años 1997, 2004 y 2008 los mexicanos llevamos a cabo tres marchas históricas en nuestra historia reciente en favor de la paz y en contra de la inseguridad. También en 1997 se llevó a cabo en México el Primer parlamento de los niños y niñas de México, que está por repetirse en 2008 en su sexta entrega. ¿Qué importancia tienen ambos acontecimientos? ¿Qué relación pueden tener con los medios de comunicación y con una reforma a la operación de las industrias mediáticas?

En primer lugar es importante dar cuenta de estos dos ejercicios democráticos porque en ellos aparece un común denominador que es el reclamo de la sociedad mexicana hacia las autoridades en el sentido de recuperar la estabilidad de la familia y de la sociedad mexicana; en segundo lugar, ambos acontecimientos son prueba fehaciente de que la sociedad mexicana está cambiando en pro de una participación más activa que exige la difusión puntual de la información con el fin de promover los valores que la sociedad requiere.

Así pues, tanto las marchas por la paz y la seguridad como la réplica de la discusión y el consenso entre los futuros ciudadanos de este país, son ejercicios representativos de una democracia incipiente en la sociedad mexicana, pero además son muestras consustanciales al tema que aquí nos ocupa, ya que en ambos casos los medios de comunicación o bien participaron directamente, o fueron señalados como elementos fundamentales de información, cohesión y vinculación nacional. Es así que el papel de los medios de comunicación como actores políticos y sociales es contundente, tanto en su actividad de cobertura de los acontecimientos como en su acción de denuncia.

Ahora bien, esta labor de los medios, así como su participación en ejercicios de corte democrático, si bien importantes y encomiables, es en mucho contrarrestada por la difusión de mensajes que promueven actitudes nocivas entre la población. Es decir, estos mismos medios que en ocasiones fungen como herramienta de difusión y participación ciudadana, son también promotores de programación banal o amarillista que induce a actitudes poco democráticas, como la intolerancia, la pasividad y el individualismo. Por ello habría que plantearse en qué medida, al señalar y denunciar la criminalidad y la violencia, los medios realmente fomentan los valores de solidaridad, probidad y justicia indispensables para recuperar la estabilidad de la sociedad mexicana, o bien promueven actitudes reivindicatorias de comportamientos revanchistas al hacer apología de la violencia y el crimen.



Asimismo, por lo que respecta a la formación de las futuras generaciones, habría que cuestionar en qué medida los medios promueven valores como la verdad, la honestidad, el respeto y la solidaridad con la comunidad, apoyando a las familias que requieren información oportuna y consejo para la formación de ciudadanos comprometidos con su entorno y con su país. Por otra parte, habría que preguntarnos en qué medida los mexicanos somos conscientes de la función social que deben cumplir los medios, si conocemos su marco de operación y si les exigimos el cumplimiento de esta responsabilidad con el fin de garantizarnos la comunicación veraz, oportuna, ética y responsable que nuestra sociedad requiere.

Éste es precisamente el objetivo del presente trabajo: aportar ideas que nos permitan vislumbrar el panorama reciente de la evolución de nuestra sociedad, el papel de los medios, su importancia en el ámbito familiar, y la necesidad de una reforma a su actividad informativa. Reflexión que nos parece fundamental en la medida en que la transformación estructural de la familia, y por ende de la sociedad, no puede hacerse sin medios de comunicación comprometidos con la transformación del país. En las próximas páginas, nos permitiremos abocarnos precisamente a dicho análisis.

Evolución de la familia en México

Mucho se ha hablado, por ejemplo, de que la familia es el núcleo de la sociedad.

De acuerdo con estadísticas recientes, la familia es lo que más le importa al mexicano, independientemente de su clase o nivel socioeconómico.
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La seguridad de la familia fue lo que llevó a los mexicanos a las calles a marchar demandando atención en la lucha contra el delito, y lo que los lleva a sucumbir ante las amenazas de chantaje y secuestro. La familia es lo que guía, da coherencia, conduce y promueve los valores que tanto nos hacen falta en la sociedad y que necesitamos recuperar para poder luchar contra la deshonestidad, la corrupción y la delincuencia.

La familia es blanco de todas las campañas y de todos los actores: los políticos aseguran compartir la preocupación de los mexicanos y estar dispuestos a contribuir con mayor presupuesto para garantizar la seguridad y generar mejores leyes con el fin de combatir el delito; los medios la ensalzan cuando quieren promover el consumo y cuando ponen en marcha campañas como el “Día de la familia”; los publicistas echan mano de ella cuando quieren apelar a los sentimientos de amor o de culpa para vender sus productos; pero la familia es también la que se debilita cuando los políticos y los medios no hacen su tarea y promueven el desorden o la búsqueda de la felicidad a través de la satisfacción individual, en lugar de contribuir a la generación de consensos y a la solución de problemas comunes.

La familia, así como los miembros más jóvenes de nuestra sociedad, son los primeros que se perjudican cuando la información que los medios transmiten no es manejada responsablemente; cuando frente a los grandes problemas nacionales la atención se centra en el consumo y la banalidad de los comportamientos; cuando el papel fundamental de los padres se sustituye por el liderazgo de las figuras de la farándula y del espectáculo, y cuando, en lugar de hacer deporte, convivir con sus amigos y familiares o dedicarse a la recreación a través de la cultura y el arte, los niños están todas las tardes frente al televisor, sin supervisión, consumiendo todo tipo de información.
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La literatura académica consigna que, de entre todos los sectores de la población, la infancia y la adolescencia son probablemente los grupos en los que mayormente influye la televisión, posiblemente debido a la naturaleza incipiente de su condición y a su necesidad de encontrar una identidad estable (Gerbner y Gross, 2006). Asimismo, algunos análisis señalan una alta posibilidad de que los contenidos violentos a los que frecuentemente se hace alusión en la programación mediática, sean característicos de una crisis de la confianza en las instituciones lo cual, a su vez, se traduce en una búsqueda de identidad y nuevos patrones de vinculación como único vehículo para hacer sentido de la naturaleza cambiante de las sociedades en crisis (Giddens et al., 1996; Luhmann, 1998). En este sentido, como apunta la sociología contemporánea, los contenidos de los medios son reflejo de otro tipo de transformaciones a las que se responde por la vía de la articulación de nuevos patrones de comportamiento social (Merton, 1968).

En todo caso, lo que la evidencia muestra, y diversas organizaciones así lo reconocen, es que en los últimos años se ha registrado un importante cambio en la estructura familiar tradicional donde los medios han venido a sustituir algunas de las actividades que originalmente se llevaban a cabo en familia. En otras palabras, los padres ya no se relacionan con los hijos; los hermanos ya no interactúan entre sí; se ha perdido vinculación con la familia extendida.

Veamos algunas cifras al respecto: de acuerdo con datos obtenidos del último censo, de 103 300 000 habitantes y 22.7 millones de familias, 67.4% dijo tener una estructura biparental y 17.6% monoparental. Un número creciente de hogares (14%) no pudieron ser clasificados como familias debido a que salían de lo considerado como estructura familiar tradicional, es decir, son familias en donde la labor de orientación está en manos de abuelos, hermanos mayores, padrinos, madrinas, vecinos, etc., (INEGI, 2005). Las tendencias actuales indican un crecimiento en el índice de familias monoparentales, ya sea por divorcio o por ausencia del padre debido a factores de migración o abandono de hogar, etc., de manera que la mujer se convierte en jefe de familia (5.7%), lo que la obliga a incorporarse a la fuerza laboral generando, a su vez, la necesidad de que las madres deleguen en otros el cuidado de sus hijos.

Conforme crece la población ciertas tendencias se agudizan. Por ejemplo, el número actual de divorcios es de 11.8 por cada 100 matrimonios, índice que va a la alza debido a factores de descomposición social, crisis económica, desempleo e incremento de la violencia intrafamiliar, principalmente. Cambios recientes en la legislación civil y modificaciones de procedimiento para el divorcio en entidades como el Distrito Federal inducen, además, a proyectar que en un futuro no muy lejano se presentará un nuevo aumento de la taza actual de disolución del vínculo matrimonial,

[4] de manera que es posible afirmar que la estructura tradicional de la familia mexicana está cambiando, especialmente en algunas zonas del país.

Por otra parte, los miembros más jóvenes de la familia también están modificando sus hábitos de relación pues, al no estar los padres en casa, gran cantidad de niños y jóvenes buscan información y entretenimiento en medios como la televisión o la computadora, información cuyo contenido generalmente es desconocido principalmente por los padres de familia.

Por ello, es de especial preocupación el consumo de medios electrónicos como la radio, la televisión y el Internet. La programación de la radio, por ejemplo, está dividida por edades y su contenido está conformado por emisiones noticiosas, musicales o programas hablados que son escuchados, en su mayoría, por jóvenes y adultos (Asociación a favor de lo mejor, 2008).

En cuanto a los datos referentes a televisión, especialmente los de televisión abierta, reportan que el promedio de consumo diario es de 4 horas aproximadamente en las que, desde luego, está presente público joven. Las estaciones de televisión abierta declaran atender a la población infantil con más de 8 000 horas de programación al año;
[5] casi 5 000 horas son dedicadas a programación juvenil, y el resto está dedicada a adultos. No obstante, el hecho de que la programación tenga clasificación para adultos no impide que niños y jóvenes sean teleespectadores de ella.[6]

Por otra parte, el consumo de las nuevas tecnologías va en aumento. En México ya hay una cifra nada despreciable de 22.7 millones de internautas de los cuales 1.6 millones se ubican entre los 6 y los 12 años de edad, y 19.08 millones tienen 13 o más años. El acceso a la información es irrestricto, ya que muchos padres proporcionan los recursos o el acceso a la computadora a sus hijos para que realicen sus tareas escolares, y más de la mitad de estas computadoras con acceso a Internet (55%), se encuentran en los hogares (AMIPCI, 2008).

Lo anterior, aunado a las transformaciones previamente mencionadas con referencia a la estructura de la familia mexicana, muestra que existe una alta probabilidad de que niños y jóvenes con acceso a programación de medios electrónicos e Internet, empleen gran parte de su tiempo en su consumo. Es probable también que mucho de este consumo se lleve a cabo lejos de la supervisión de padres y adultos.

Transformaciones en el consumo

Los medios de comunicación, especialmente los electrónicos, incursionaron desde hace tiempo en los hogares e invadieron el núcleo de las familias mexicanas. Ya en las conclusiones del Tercer Parlamento de los Niños y Niñas de México en el año 2005, los pequeños decían que para ellos era importante fomentar la unidad nacional promoviendo que los miembros de la familia hablaran entre sí de sus problemas, evitando que a la hora de comer estuviesen encendidos la televisión o el radio (Senado de la República, 2005), debido a que estos medios electrónicos han sustituido la charla y la convivencia familiar.

Las autoridades de distintas regiones del país, incluida la del área metropolitana de la Ciudad de México, señalan que niños y jóvenes carecen de lugares apropiados para el recreo y el deporte.
[7] Todas estas cifras muestran una relación familiar en la que ahora incursionan otros agentes sociales, sin supervisión de los padres, y que muy probablemente esté vinculado con un consumo indiferenciado de medios electrónicos (Notimex, 30 de agosto de 2008). Asimismo, reportes provenientes de algunos observatorios ciudadanos de medios denuncian altos niveles de violencia, denigración de la mujer y gran contenido sexual dentro de la programación, especialmente de la televisión.[8]



La situación respecto a los más jóvenes resulta especialmente preocupante porque si el niño sale a la calle se expone a un ambiente de inseguridad y delincuencia, pero al quedarse en casa también recibe gran cantidad de contenidos que enfatizan el individualismo, la satisfacción inmediata y la violencia como el medio más efectivo para lograr objetivos.

La exposición a contenidos violentos, así como el consumo de programación de ficción o de anuncios publicitarios, conduce a los menores a percibir una visión inestable del mundo que solamente puede ser restituida mediante la búsqueda de mecanismos de equilibrio o satisfacción inmediata. No es fortuito, por ejemplo, que en fechas recientes México se encuentre entre los primeros lugares en obesidad a nivel mundial y que de éstos un alto porcentaje sean niños y jóvenes,
[9] ya que pasan buena parte de la tarde sentados frente al televisor. Esta situación se torna preocupante si se considera que en el horario televisivo infantil (lunes a viernes por las tardes y sábados por la mañana), de un total de 37 anuncios comerciales que los menores consumen por hora, 17 corresponden a comida chatarra (Notimex, 2 de septiembre de 2008).

De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, entre 1988 y 2002 el consumo de frutas y verduras en México se redujo un 30%, mientras que el consumo de refrescos aumentó 60% (ibidem). Víctimas de la publicidad, los padres de familia prefieren dar dinero a sus hijos para que compren productos comerciales a la hora del recreo en lugar de proporcionarles un almuerzo nutritivo. Los datos pueden ser coincidentales, pero si se considera el aumento de divorcios en 4 puntos porcentuales durante el mismo periodo que el incremento de anuncios comerciales que enfatizan la comida rápida, es posible inferir cambios en la alimentación que emergen del mismo entorno familiar.

De acuerdo con un estudio llevado a cabo por el mismo Instituto Nacional de Nutrición, es posible observar cómo la exposición a comerciales que promueven el consumo de alimentos procesados repercute en el hecho de que los niños prefieran emplear el dinero del lunch en comprar refrescos, frituras y dulces, en lugar de frutas o verduras (ibidem).

Por otra parte, la exposición reiterada a medios emana directamente del entorno familiar, ya que según Luis Ignacio Sánchez, de la Administración Federal de Servicios Educativos en el Distrito Federal, el clima de inseguridad que vive el país ha sido un factor para que muchos padres motiven a sus hijos a quedarse en casa viendo televisión en lugar de salir a la calle y, en todo caso, comer una bolsa de papitas puede funcionar como una buena gratificación temporal para los pequeños (Ibarra, 2008).




En todo caso, ni los adultos parecen estar guiando a los niños en este sentido, ni los medios están haciendo su función educando a la población respecto de hábitos de nutrición. Los medios parecen estar apelando a consumidores infantiles, jóvenes y adultos por igual. La obesidad en México va en aumento, y las enfermedades relacionadas con ella son ya la primera causa de muerte en el país (ibidem).

Según la Secretaría de Salud, actualmente 26 de cada 100 niños mexicanos de entre 5 y 11 años padecen algún grado de obesidad. Muchos niños y adultos, pero sobre todo infantes y adolescentes, prefieren comer refrescos y frituras antes que nutrirse adecuadamente. Por otro lado, todos estos alimentos se encuentran a su alcance en las escuelas y tiendas de servicio rápido, lo cual facilita que los menores elijan dichos productos en lugar de buscar alternativas más sanas. Las autoridades de salud advierten que, de continuar esta tendencia, la esperanza de vida de los mexicanos, que actualmente es de 75 años, podría reducirse.

Nuestros niños y jóvenes están expuestos a una programación que los enfrenta a la violencia y la criminalidad preponderante en nuestro país, o enfatiza la violencia como recurso viable para la solución de los conflictos a través de las series de ficción que, por otra parte, promueve actitudes de evasión y satisfacción inmediata a través de un consumo indiscriminado y excesivo de productos nocivos o poco sanos, promovidos por la publicidad.

¿Hacia dónde vamos y qué es lo que se puede hacer? Entre las muchas alternativas que tenemos, además de la elección individual, está el exigir a las autoridades y medios de comunicación para que cumplan a cabalidad con su responsabilidad social. Algunas organizaciones e instituciones sociales ya están haciendo lo suyo, pero los esfuerzos son aislados y queda todavía mucho por hacer.

La reforma a los medios

La transformación del entorno familiar cae en el ámbito de la vida privada, pero el comportamiento de los medios de comunicación y la responsabilidad de los anunciantes, es competencia de todos.

En ese tenor es importante señalar que tanto la difusión de violencia, como de publicidad engañosa o que no promueve estándares de salud apropiados, deben ser regulados y sancionados. La cultura del consumo y la apología de la violencia, deben dejar de ser los motores fundamentales del imaginario mediático, especialmente en los medios de mayor penetración en públicos constituidos mayormente por niños y adolescentes.

Ahora bien, constituye función irrenunciable del Estado el velar por el cabal cumplimiento de la reglamentación en medios. No obstante, a últimas fechas el Estado se ha mantenido ausente de su responsabilidad. La reglamentación de medios, especialmente en medios audiovisuales, requiere ser reformulada, y diversas iniciativas se han presentado para ello; no obstante, ninguna de ellas ha prosperado.
[10]

Desde luego que instancias como la Secretaría de Educación Pública, la Secretaría de Salud, la Procuraduría Federal del Consumidor o el Instituto Nacional de Salud Pública deben hacer su parte con el fin de contribuir a revertir este proceso. Otras instituciones como la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) también han hecho su parte, por ejemplo, llevando a cabo una serie de amonestaciones a medios ya que, pese a la existencia de un Código de Autorregulación de Publicidad de Alimentos y Bebidas para el Público Infantil (PABI), un gran número de ellos transmite publicidad acerca de productos que exageran sus características.

En cuanto a la difusión de contenidos violentos, muchos de ellos se transmiten como parte del cuerpo de las notas informativas, o dentro de la argumentación de programas de suspenso por lo que, pese a diversos señalamientos y a que la ley es muy clara en este aspecto, las autoridades frecuentemente reciben una justificación para la presencia de este tipo de programación y contenidos.
[11]

No obstante, la sociedad civil ha participado y sigue participando activamente en la denuncia de estos ilícitos, pues son conocidos los esfuerzos de diversas asociaciones y grupos que históricamente han pugnado por reformar la reglamentación existente en materia de radio y televisión,
[12] y por monitorear su operación cotidiana.[13]

La vigilancia en la operación de los medios, sin embargo, no es responsabilidad exclusiva del Estado ni tampoco de las instituciones mediáticas. Son muchos los actores que, además de los empresarios de los medios, deben encargarse de esta labor: nuestros legisladores, quienes como representantes de la voluntad popular deben velar por los intereses de la ciudadanía; las autoridades gubernamentales, quienes deben asegurarse de la observancia de la legislación existente; los profesionales de la comunicación social, sean reporteros, anunciantes, productores de publicidad o cualquier otro profesional del sector, que tienen la obligación de apegarse a normas y manuales de comportamiento éticos; pero también están las asociaciones de consumidores responsables, quienes se organizan para promover la actuación de los medios a través de sus contenidos.

Es decir, son muchas las instancias que deben participar coadyuvando para que esta importante labor sea cumplida a cabalidad. En otras palabras, se trata de una responsabilidad compartida.

Sin embargo, son los padres de familia quienes tienen una gran responsabilidad y deben asumirla dentro de sus núcleos familiares, organizando y apoyando a instituciones que ya se encuentran trabajando en ello con el fin de exigir un comportamiento comunicativo responsable tanto a medios como a autoridades.

A manera de conclusión

Los tiempos que corren son tiempos de profundas transformaciones. Tan sólo en los últimos años la sociedad mexicana ha vivido importantes cambios que han incidido en lo político, en lo económico y en lo social. Los medios de comunicación no han estado exentos de ello, al contrario, han sido partícipes, transformándose en actores fundamentales en todo este proceso.

En la esfera política, una de esas transformaciones ha sido el tránsito de un régimen de partido de Estado a la alternancia en el poder. Este elemento, junto con la modificación de la posición relativa de algunos otros actores, así como la presencia de cambios sustanciales en la estructura del orden internacional, ha trastocado las instituciones y sumergido a la sociedad mexicana en una ola de inestabilidad que se manifiesta con altos índices de criminalidad, desasosiego y violencia.

Los medios de comunicación han sido partícipes de esta vorágine al suministrar información y crítica consustanciales con el debilitamiento de las instituciones, así como a la transformación de los organismos sociales al fungir como suplentes de las estructuras de autoridad gubernamental y familiar, en ocasiones sin apego a su responsabilidad social y haciendo uso desmedido de contenidos consumistas o violentos. Su papel ha sido medianamente observado por las instancias gubernamentales encargadas de su regulación y por algunos consumidores y ciudadanos informados; sin embargo, es indispensable una actuación permanente, continua y sistemática de quienes somos los directamente responsables de la formación de las futuras generaciones de mexicanos.

Y precisamente es en este último punto que queremos insistir: la familia debe involucrarse en la evaluación permanente de la comunicación social evaluando la información, exigiendo a los medios contenidos veraces y oportunos, y supervisando y apoyando en la recepción a niños y jóvenes con el fin de contribuir a una función formadora de su identidad, así como su vinculación con la comunidad en la que viven. Solamente a través de una actividad consciente y responsable a través de la cual generemos contenidos de comunicación más sensatos, podremos revertir un proceso esencial de articulación y estabilidad de las estructuras sociales que nos son esenciales para el futuro, ya que es en las próximas generaciones en quienes habremos de depositar nuestra confianza para transformar las condiciones injustas de relación que aquejan hoy a la sociedad mexicana.


Referencias

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[1] Profesora-investigadora del Tecnológico de Monterrey, Campus Cuernavaca. Correo electrónico: marilu.casas@itesm.mx.
[2] El 67% de la población dice que lo más importante es la familia, seguida de Dios (18.9%), la salud (9.7%), el dinero (3.1%), el amor (2.0%) o su trabajo (1.3%) (Mitofsky, 2007).
[3] La publicidad induce en niños y jóvenes el deseo por consumir todo tipo de artículos, buena parte de ellos no indispensables. Por ello, las estadísticas señalan que los niños gastan gran parte del ingreso familiar en comida chatarra (Notimex, 2 de septiembre de 2008): 20 mil mdp al año, aproximadamente.
[4] En la legislación actual quedan eliminadas las 21 causales de divorcio estipuladas anteriormente, y el trámite se completa en un periodo de diez días. La custodia de los hijos y la repartición de los bienes se resuelve en un juicio civil aparte (Agencia EFE, 2008).
[5] Este consumo se inicia aproximadamente a los 4 años de edad.
[6] En ocasiones los niños son testigos de emisiones que no son adecuadas para su edad, como noticieros, películas o programas de suspenso.
[7] Asimismo reconocen que la delincuencia en los jóvenes se inicia en promedio a los 12 años. La mayor parte de estos menores proviene de sectores de la población en la que existen carencias y ausencia de los padres y en donde, como consecuencia, se presentan problemas de drogadicción, alcoholismo y desintegración familiar.
[8] Es importante señalar que de las personas que llamaron a expresatel, la línea de expresión de la Asociación a favor de lo mejor el 78% fueron mujeres y el 22% hombres, de los cuales la mayor parte eran jóvenes de 26 a 35 años, adultos de 36 a 58 años, y adultos mayores de 60 a 74 años (Asociación a favor de lo mejor, 2008).
[9] Según el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, la obesidad aqueja casi al 70% de la población mexicana; y de acuerdo con la Secretaría de Salud, seis de cada diez mexicanos tienen algún tipo de obesidad, de los cuales tres padecen obesidad aguda. La dependencia anunció también que nuestro país requerirá al menos 30 años de acciones sostenidas para revertir este proceso (Notimex, 31 de agosto de 2008).
[10] A últimas fechas se han presentado 34 iniciativas (14 en la Cámara de Diputados y 20 en la de Senadores) para reformar las leyes federales de radio, televisión y de telecomunicaciones. Otras 27 adicionales fueron presentadas para reformar aspectos como la cinematografía, la transparencia gubernamental, la publicidad, los derechos de los consumidores y otras, por lo que suman ya más de 61 iniciativas relacionadas con la comunicación social, las que se han sometido a discusión en fechas recientes, sin éxito alguno (Bravo, 2008).
[11] El Artículo 63 de la Ley Federal de Radio y Televisión claramente señala la prohibición de hacer apología de la violencia y el crimen a través de los contenidos transmitidos por estos medios (Ley Federal de Radio y Televisión, 1960).
[12] Los esfuerzos por modificar la reglamentación en medios audiovisuales, especialmente la radio y la televisión, datan de varias décadas atrás, pero especialmente en los últimos tiempos, en los que a consecuencia de la aprobación de la llamada Ley Televisa (2006), diversos grupos han buscado modificar los estatutos existentes. No obstante, pese a la conformación de un grupo plural para la revisión de la legislación existente, así como a numerosas iniciativas, los legisladores no se han puesto de acuerdo en este renglón. Interesantes observaciones sobre este proceso pueden ser consultadas en la obra de Alma Rosa Alva de la Selva (2008), citada en la bibliografía.
[13] Distintas iniciativas han sido establecidas con el propósito de llevar a cabo una labor de observación ciudadana de la actividad de los medios; entre ellos destacan, por ejemplo, los observatorios de la Universidad Iberoamericana, el ITESO de Guadalajara, el Instituto Nacional de las Mujeres, la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI), y la Asociación a favor de lo mejor, A.C., entre otros organismos.