Álbum de familia: las imágenes cinematográficas del padre

Posted by Publicadas por Clemente Sánchez-Uribe On 14:38



Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Armando Meixueiro Hernández

Resumen

El presente artículo se aproxima a la imagen cinematográfica de uno de los protagonistas de cualquier familia: el padre. Se detiene en algunas categorías fílmicas y sociales que lo han representado, estereotipado y recientemente modificado tanto en el cine como en la realidad actual.

Algunas de las transformaciones del padre de familia tienen que ver con la representatividad, los cambios de función, la presencia-ausencia, la influencia de las rupturas temporales, el carácter, el rol, etcétera.

Es un artículo que parte de la descripción de los padres en el cine contemporáneo e intenta una primera cercanía analítica.

Palabras clave:
Familia, imágenes, cinematografía, padres, modificaciones sociales.

Introducción

Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando ya han crecido, los juzgan y, algunas veces, hasta los perdonan.
Óscar Wilde

La familia, como unidad básica de la sociedad, el cine la ha retratado de muy diversas formas culturales e históricas, de manera que se ha convertido en un imprescindible en la narrativa cinematográfica. El cine es la gran fábrica de historias. En ellas, los personajes parten de familias y su destino tiene que ver con la formación que reciben en la infancia. El otro gran motor de las historias son las circunstancias que se van entrelazando y hacen girar la vida del personaje.

La familia se ha transformado (en su estructura, relevancia y función) en las últimas décadas en forma contundente. Para Jaques Attali (2007), la familia es la institución más trastocada por la implicación de diversas variables, como son: la demografía, el arte, las relaciones humanas, la política, los factores económicos y laborales, las modificaciones en las estructuras emocionales y, sobre todo, el tiempo que pasan sus miembros frente a los medios, así como el impacto que tienen éstos en la percepción del mundo.

Otros factores que están confrontando a la familia del siglo XXI son el nomadismo (en México medio millón de personas emigran del país anualmente), la virtualidad (espacios intangibles y los no-lugares), el individualismo narcisista y, por supuesto, la protección al derecho de la mujer y de los niños, y la nueva masculinidad.

Por otro lado, Mario Vargas Llosa, en Un mundo sin novelas (2000) argumenta en favor de las letras de ficción algo que también puede aplicarse al cine como fuente de conocimiento (en donde diga literatura o novela, favor de sustituir por cine):

Nada enseña mejor que las buenas novelas a ver en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura [ver buen cine, diríamos nosotros] es divertirse, sí; pero también aprender de esa manera directa e intensa que es la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos, y sueños y fantasmas a solas, y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros […] esa complejísima suma de verdades contradictorias de que está hecha la condición humana. Ese conocimiento totalizador y en vivo del ser humano.

De esta manera, el cine es una fuente de saber en el que nos hemos esforzado por encontrar referentes educativos. En este sentido, una categoría fundamental de las cuestiones educativas es la familia, pues cumple esta función incluso antes que los maestros, los libros y los medios de comunicación. Por ello, es indispensable en este número de Sintaxis dar inicio a una serie de análisis fílmicos sobre como está representada la familia en el cine contemporáneo de las últimas décadas.



En tal sentido, vale la pena recordar que la familia extensa
[1] de las sociedades tradicionales se volvió nuclear en la modernidad debido, en principio, a factores económicos: la familia extensa está más ligada a formas de producción agrarias y la moderna a una participación más industrial. Está por definirse la familia en la era postindustrial.

En el cine se puede distinguir el corte entre estos dos primeros tipos de familias occidentales en forma nítida: en la primera mitad del siglo XX se relatan historias de migración campo-ciudad y de sobrevivencia en núcleos familiares en las grandes urbes. En el caso del cine mundial es notable el ejemplo de estas cintas urbanas y familiares en el neo-realismo italiano, como Ladrón de bicicletas, Milagro en Milán, Rocco y sus hermanos o Humberto D. En México, en los melodramas de Ismael Rodríguez y Alejandro Galindo de la década de los cuarenta y cincuenta. Sin embargo, en los últimos tiempos el cine describe una ruptura en la lógica familiar debida, entre otras cosas, a los cambios en los patrones culturales, poblacionales, de género, las nuevas concepciones de los infantes y a una crisis económica mundial cíclica con más de 30 años de duración, que ha terminado por impactar en la unidad básica de la sociedad en el mundo entero.

México es un país de familias nucleares: 26 102 636 hogares en México (A favor de lo mejor, 2008). Esta contabilidad puede variar dependiendo de la dimensión con que abordemos a la familia.

Marzio Barbagli, por ejemplo, ha señalado tres dimensiones bajo las cuales ha sido captada la realidad familiar en la literatura internacional o cómo ha sido entendido el término familia: la estructura familiar, las relaciones familiares y las relaciones de parentela. La primera comprende el grupo de personas que vive bajo el mismo techo, la amplitud y composición de este agregado de co-residentes, y las reglas con las cuales éste se forma, se transforma y se divide. La segunda dimensión incluye las relaciones de autoridad y de afecto en el interior de este grupo de co-residentes, los modos a través de los cuales interactúan y se tratan, y las emociones y los sentimientos que prueban el uno con el otro. La tercera se refiere a las relaciones existentes entre grupos distintos de co-residentes que tengan lazos de parentesco, la frecuencia con la cual se ven, se ayudan, elaboran y persiguen estrategias comunes para acrecentar o, al menos, para conservar sus recursos económicos, su poder, su prestigio (Esteinou, 2004).

La familia, como asegura Horkheimer, es en realidad el obstáculo más fuerte y efectivo contra la recaída en el estado bárbaro que amenaza permanentemente a los hombres en su desarrollo social.

Consideramos que un buen principio siempre es el padre. “Un buen padre equivale a cien maestros”, decía J.J. Rousseau, y de los no tan buenos son de los que nos enfocaremos en esta artículo.

Así, abordaremos el tema del padre en el cine como una primera aproximación al inmenso imaginario social sobre la paternidad, construido en la cinta de plata.

El comienzo del giro o la muerte del padre gritón y atrabancado

Puntualicemos el cambio de paradigma de finales de la década de los setenta del siglo pasado: una mujer decide encontrarse a sí misma por medio de la realización personal, abandona el hogar, con padre e hijo incluidos, y nace el padre posmoderno en una sola cinta. Nos referimos a Kramer vs Kramer (Benton, 1979).

El viejo molde del pater familia se desquebraja. Atrás quedarían padres de otras cinematografías, culturas y tradiciones, como los que representara en México en la época de oro del cine Fernando Soler en Cuando los hijos se van (Bustillos, 1941), Una familia de tantas (Galindo, 1949) o La oveja negra (Rodríguez, 1949), en las que el padre era el centro familiar, garante y referente obligado de lo que debería ser y hacerse en la familia. El límite exacto de las cosas: estricto y, al menos para su ley, justo.



Aun en el cine americano es imposible imaginar a Marlon Brandon en El padrino (Coppola, 1972) cocinando waffles, lavando platos o corriendo por las calles para salvar al niño, ante un accidente, en el momento de jugar en un parque. Los juicios que pudiera enfrentar este padre siciliano tenían que ver poco con el derecho a la paternidad. Vito Corleone no cambiaría de trabajo para ganar la tutela de Santino o Michael.

Max Horkeheimer (1978) destaca algunos de los elementos de pérdida del poder del padre en la era industrial:

El poder del padre sobre los miembros de la familia, del taller o de la hacienda siempre estaba basado en la necesidad social, en la forma de dependencia directa. Con la desaparición de ese factor esencial se esfumaron también el respeto de los miembros de la familia por el jefe de la casa, su vinculación a la entidad familiar y la lealtad a sus símbolos.

De esta forma, en Kramer vs Kramer se presenta la manera en que la paternidad se volvió problemática. Antes parecía no existir o se reducía al cómodo rol de proveer las necesidades materiales de la familia, pero desde que la escuela, la familia y el Estado dejaron de ser lo que eran; desde que las instituciones sociales de la modernidad experimentaron un agotamiento, la función paterna desembocó en una encrucijada: dejar de existir o transformarse.

Esta mutación ya estaba siendo analizada en los referentes de los estudios de comunicación en América Latina, en el caso de los cómics, por Mattelart y Dorffman (1972). Ellos se preguntaban suspicazmente sobre la evasión de presentar una figura paterna en los dibujos animados de Disney: ni Mickey Mouse, ni el Pato Donald, ni Tribilín eran padres. Ni siquiera algún villano había tropezado en esas dificultades. Pedro El Malo y el Capitán Garfio jamás se preocuparon por llevar el alimento a sus hogares. Y bueno, ¿el tío Rico Mac Pato, Ciro Peraloca, o Pluto tenían hijos? Una misteriosa visión de los progenitores se yergue sobre los principales iconos de Disney.

De ese modo, el señor Kramer es el arquetipo que moldea el futuro de la paternidad. El centro familiar ya no es él sino el hijo, incluso en la escena desconcertante en la que el pequeño corre a los brazos de la madre después de una larga ausencia. Lo que vemos correr es el centro de la familia. En la renuncia final de la madre; es la centralidad a lo que claudica. El padre, qué remedio, se vuelve un poco madre. Ted Kramer intentará ser una buena madre. Hoy todo intento de ser buen padre tendrá elementos de Ted Kramer quien se fue diluyendo entre nosotros.

Este padre disminuido ante el crecimiento de otros elementos de la familia lo vemos repetido muchas veces con diferentes énfasis en incontables películas en que los hijos resultan mucho más inteligentes que el padre, como en Matilda (De Vito, 1996), en donde al progenitor no sólo le pasa desapercibida la inteligencia de su hija, sino que no sabe qué edad tiene, no va a la escuela y la percibe como un ser ajeno a su familia, por lo que Matilda encontrará en los libros la sustitución a los padres; en Hombre de familia (Ratner, 2000) la hija conduce al padre “marciano” (caído quién sabe de dónde) para volverlo a la normalidad; o en Juno (Reitman, 2007) en la que la protagonista de 16 años toma todas las decisiones sobre su embarazo, ante la solidaridad de sus padres y novio, y el desconcierto del entorno.

La deserción del padre

Los padres no deben ser vistos ni oídos: ésta es la única base acertada para la vida familiar.
Óscar Wilde

Frente a la encrucijada que plantea la era posmoderna dominada por el hedonismo, la virtualidad y el regreso a una era nómada, distinguimos una tendencia de que los padres desertan, desaparecen o salen huyendo.

El padre ausente se repite con diversos acentos en cintas de la segunda mitad del siglo XX. Desde los niños trotacalles sin orden, ley o concierto, que no se dejan ver en cintas como Kids, La vendedora de rosas, Perfume de violetas, Barrio, Perversión, La vida en el abismo, etc., pasando por la incomunicación como factor de ruptura y huida (Paris-Texas), hasta cuestiones de imposición y dureza de Carácter. El padre se desvanece, desaparece olvidando responsabilidades, formaciones y continuidades.

Es el padre alcohólico que regresa a Irlanda, su tierra natal, después de intentar el sueño americano, sólo para volver a fracasar arrastrando a la familia (Las cenizas de Angela); o el también alcohólico y lúcido padre que identifica las capacidades diferentes de los hijos en La ley de la calle (Coppola, 1979); o la frase con la que arranca Scorsese sus Buenos muchachos en el barrio italiano de Nueva York, ante la falta de referencias en el hogar: “Toda la vida quise ser un gángster.” Es de la misma forma la despedida de la hija, en el aeropuerto, al entrar en la universidad para casi ser olvidada para siempre (Revelaciones). El cine documenta esta perdida, esta fuga, esta carencia o abandono; la imposibilidad de alguna paternidad.

Creciendo con el enemigo

No creo que exista en la niñez una necesidad mayor que la protección de un padre.
Sigmund Freud

Todavía hay algo peor que la ausencia del padre. El siguiente escalón en descenso al infierno es el padre golpeador. Empecemos con un ejemplo del dictador en casa: David, el genio del piano de la película Shine, en la novela del mismo nombre (Helfgot y Tansakara, 1997), describe alguna parte de su proceso de aprendizaje musical de la siguiente forma:
Padre era un tirano y esperaba mucho de mí. Yo hacía todo lo posible por tratar de entender, pero padre no era muy buen profesor porque él era autodidacta, así que ¿qué se podría esperar? Padre me enseñó de una manera muy brusca, una manera muy rusa, a la manera rusa. Te colocaba ante el piano, y si no tocabas bien, te chillaba y te apartaba del piano a empujones. Más o menos así. Me empujaba con fuerza, con mucha violencia.

Me apartaba del piano, siempre bruscamente, y yo corría hacia Marmena con lágrimas en los ojos. Siempre corría hacia Marmena llorando, porque padre era autodidacta y había aprendido en la escuela de los puñetazos.

Niños sangrantes, con memoria de la furia desmedida señalando el cuerpo, con huellas de dolor imborrables de por vida. Huyendo, refugiándose en el silencio, buscando afanosamente una protección más allá del dulce hogar, en el que habita el enemigo, que da lecciones lastimando indefensos. Cuatro ejemplos de diversas regiones del planeta: El enemigo (1993, EUA), El fanático (1996, EUA), El silencio de Oliver (1997, Reino Unido) y El bola (2000, España).

La última obra que toca el tema de un padre desertor y que luego vuelve para maltratar a sus hijos es El regreso (Zvyagintesa, 2003). En ella, dos adolescentes, Iván y Andrei, padecerán este retorno del padre con un lado oscuro, y que intenta recuperar el tiempo perdido en un viaje a una isla durante una semana. El hijo menor, Iván, estará permanentemente en resistencia ante este ser desconocido que le da órdenes, lo regaña, golpea y le reprochará a Andrei que se deje someter por el invasor de la cotidianidad familiar. Sin embargo, Iván padecerá una nueva y definitiva ausencia del padre.

En El milagro de Berna (Wortmann, 2003) podemos ver, con un desenlace más afortunado, el regreso de un padre que enfrenta serias dificultades para integrarse a su familia. El señor Lubansky, preso en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial, regresa a casa en donde encuentra una dinámica familiar distinta: la madre y los tres hijos se han hecho cargo de su propia subsistencia. Cuando el padre quiere imponer nuevas normas genera conflictos que lo obligarán a tomar conciencia de la paternidad, haciendo un esfuerzo por adaptarse a las nuevas condiciones de vida.

Todo lo que necesitas es a Los Beatles

Lo que aprendí en la tarea de crear cuatro hijas, es que no hay una respuesta única, una fórmula mágica, una serie rígida de orientaciones(…), ninguna salida es fácil. Existe el amor.
George Leonard

Close your eyes
Have no fear
The monster's gone
He's on the run and your daddy's here
John Lennon

Para que quede claro el derecho a ser padre y su fuente fundadora, surge el gran homenaje a los Kramer Yo soy Sam (Nelson, 2001), en cuyo juicio se repite el parlamento homenaje/parodia/plagio del juicio del matrimonio Kramer.

Aquí no nos detendremos en el hecho de que la niña esté llegando a una edad mental superior a la del padre y al esfuerzo que tiene qué hacer éste por seguir desempeñando el papel de papá, guiado por una abogada cuyo esposo está a punto de desertar; lo que nos interesa destacar es la filosofía del grupo de rock The Beatles con la que está impregnada la película: Sam aprende de una vecina cómo educar a su hija por medio de las contundentes frases de Lennon y McCartney comenzando con el nombre Lucy hasta la sentencia mayor educativa: “todo lo que necesitas es amor”. El amor de Sam por su hija es semejante al de John Lennon por su segundo hijo Sean, en la vida real, y de esto da cuenta el magnífico documental Imagine (Solt, 1988).

El padre como cómplice

Si uno quisiera entender el suceso cinematográfico de Río místico (2003) y Los golpes del destino (2004) de Clint Eastwood, tendría que regresar a ver el lado oscuro de cualquier hombre en Un mundo perfecto. En esta cinta, Robert Butch Haynes, de fugitivo de la justicia pasa a tomar como rehén a un niño que adopta y que se convierte en cómplice en su huida hacia ninguna parte, muy cerca de Alaska. De esta película tomamos la siguiente sentencia: “Lo mejor que puede hacer un hombre con su vida es ser un buen padre.”



Tal vez la mejor representación de la complicidad entre un padre y una hija sea Luna de papel (Bogdanovich, 1973), en donde vemos a Moses Pray usar a la pequeña Addie a su conveniencia para conseguir dinero después de que su madre ha muerto. Él es un estafador que sortea la depresión económica de Estados Unidos en 1929 vendiendo libros de la Biblia a viudas recientes, inventándoles el cuento de que su esposo las había mandado hacer especialmente para ellas. Cuando la niña se da cuenta de que se quiere deshacer de ella, se compenetra en el negocio y le da un valor agregado por su infancia y aparente inocencia. La relación, que al mismo tiempo es amorosa y conflictiva, retrata de manera inigualable la interacción en el interior de casi todas las familias. A veces los papás y los hijos se estorban, pero se necesitan.

Así se ilustra en Billy Elliot (Daldry, 2000), extraordinaria cinta en la que la decisión de Billy por estudiar ballet, en lugar de box, con lo que cimbra los prejuicios de su padre en la humilde y conservadora colonia inglesa donde viven. De ese modo, el progenitor de Billy experimentará sentimientos encontrados que lo llevarán a comprender su ser paterno.

Pobres pero honrados

En El luchador (Howard,
2005), un viejo boxeador enfrenta a un enemigo que lo supera por mucho en la batalla cuerpo a cuerpo: la crisis de sobreproducción de 1929 en Estados Unidos. La familia, aunque unida, comienza a padecer hambre y desesperación. Un hijo del boxeador roba un pan, y su padre lo obliga a devolverlo a la panadería. En el camino de regreso le dice algo que nunca olvidará: “Nosotros nunca, bajo ninguna circunstancia, robamos.”

No hay regaños, golpes u ofensas. Sólo una explicación clara en el momento preciso con más vocación de aprendizaje que de enseñanza.

Uno de los padres más famosos de la historia del cine, pobre pero honrado, es aquel que nos regaló el neo-realismo italiano en Ladrón de bicicletas. Este hombre es enfrentado a un contexto social absolutamente adverso, la posguerra en la Italia derrotada, y con la mala fortuna de ser despojado de su medio de trabajo: la bicicleta. Su hijo lo acompaña en la búsqueda infructuosa por recuperar el vehículo, y todavía hoy es modelo insuperable de la admiración que siente el hijo hacia su padre.

En Millonarios (Boyle, 2004), Damian, un niño de siete años, lleva hasta las últimas consecuencias, incluso contra su padre, la premisa inspirada por la lectura de la vida de los santos: “Si el dinero sirve para algo, es para hacer el bien.”

Padre y virtualidad

Bob Jones en muy poco tiempo enfrentará dos de las noticias más trascendentes para cualquier existencia humana: saber que va a ser padre y tener una enfermedad terminal; ante esto, toma varias decisiones importantes. Se trata de la cinta Mi vida (Rubin, 1993), en la que Bob decidirá reconstruir su relación familiar lo que conseguirá con el pretexto de la boda del hermano y así dejar un testimonio videograbado para que su hijo, que está por nacer, conozca a su padre. El instrumento que utilizará es una cámara de video portátil que se fueron haciendo comunes en la década de los noventa. Bob le tratará de “enseñar” a su hijo innumerables cosas, desde las más cotidianas como rasurarse, jugar beisbol, enfrentar una entrevista personal o de trabajo, hasta cuestiones relacionadas con su sexualidad por venir. Él asume que si será algo, lo será en forma virtual.

De estos padres virtuales hay otro magnífico ejemplo en Mi querido Frankie (Auerbach, 2004), en donde Lizzie ha huido de su neurótico esposo por años, en compañía de su madre e hijo Frankie, atravesando Escocia. Frankie es un niño listo, pero que carece del sentido auditivo. La madre ha construido a un padre marino que cruza los océanos en un poderoso barco al tiempo que ella señala en un mapamundi los diversos destinos por los que pasa el padre inventado. Frankie le escribe cartas que no llegan a otro destino que no sea el de la lectura de la madre. Ella ha inventado a este padre para saber lo que piensa su hijo y entenderlo mejor. Un día el barco inventado llegará al puerto donde viven Lizzie y Frankie. Lizzie tendrá que objetivizar el imaginario construido en muy poco tiempo. Aquí la complicidad de los tres personajes entrará en juego muy rápidamente.

En La vida de nadie (Cortés, 2002) estamos ante un matrimonio, Emilio y Ágata, que podríamos calificar de envidiable. Es ejemplo de éxito y felicidad para cualquiera en occidente: pareja consolidada, con un hijo, tiene una aparente e inmejorable situación económica con todo lo que esto acompaña: linda casa, buen carro, excelente ropa, lo que se llama un gran nivel de vida. Además, tienen una familia y amigos con la cual se relacionan de manera excepcional. Emilio es un economista financiero que trabaja en el Banco de España. Es el héroe de su hijo. A lo largo de la película nos enteramos que todo este paraíso está sustentado sobre una gran mentira: Emilio es, desde hace algún tiempo, un desempleado más en la península Ibérica. Vive de engañar a los más próximos prometiéndoles ganancias exorbitantes por medio de fórmulas financieras. Todos creen en lo que ven, y lo que observan no es sino un simulacro, una aspiración compartida, seductora y cargada de mentiras. El caso no sería tan impactante si no fuera una dramatización de un hecho real sucedido en España. Tal vez la escena más conmovedora es cuando Emilio Barrero habla en un parque, como lo hace siempre, desde su celular, con su esposa, y nota que no es el único que ha caído en la sociedad de la mentira: muchos se reportan desde el parque como si fuera su oficina.

Conclusiones: sin escapatoria

Los hijos desprecian a sus padres hasta que cumplen 40 años, pero de repente se tornan como ellos, conservando así el sistema.
Quetin Crece

La familia se ha transformado en forma vertiginosa en los últimos lustros y el cine, a veces en formo directa, otras por lo que deja ver, documenta en forma pertinente este proceso. Factores involucrados en esta revolución social son, entre otros: las recurrentes crisis económicas, sociales, cambios culturales, poblacionales, de la pareja, así como tendencias como la migración y la irrupción, cada vez más poderosa, de las nuevas tecnologías y otros espacios de la virtualidad.

En este artículo vimos varios tipos de padres en fragmentos, por ejemplo: resabios de padres dictadores o autoritarios, que intentan educar persiguiendo y lastimando hijos; padres que son rebasados por las circunstancias o el crecimiento intelectual, profesional o emocional de esposas e hijos; padres en medios virtuales o que recurren a ellos para dirigirse a los suyos; padres que abandonan su papel o que asumen ambos: padre-madre; en fin, abanico que deja ver un incuestionable cambio de rol.

Observamos esos padres con los que nos identificamos y nos queremos alejar simultáneamente, y reflexionamos en la sentencia de otra película, Arizona dream (Kusturica, 1993), en la que un personaje sentencia: “Hagamos lo que hagamos, lo queramos evitar o lo busquemos conscientemente, estamos condenados a repetir a nuestros padres.” Y ya en los créditos finales y todavía en la sala oscura nos quedamos pensando: ¿Qué tanto podemos negar o repetir a nuestros padres en la excesiva y actual circunstancia social?


Referencias

A favor de lo mejor (2008). 3er. Informe de calidad de los contenidos de los medios. México.
Attali, J. (2007). Diccionario del siglo XXI. España: Paidos. 145-146.
Esteinou, R. (2004). El surgimiento de la familia nuclear en México. Estudios de Historia Novohispana. Instituto de Investigaciones Históricas. 31:99-136.
Gomezjara, F.A. (1991). Sociología. México: Porrúa.
Helfgot, G. & A. Tansakara ( 1997). Shine. El resplandor de un genio. Colección de Viva Voz. España: Grupo Z.
Horkheimer, M. (1978). La familia y el autoritarismo. En La familia, Barcelona: Península, 5:194.
Lipovetsky, G. (2006). La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. España:Anagrama.
Mattelart, A. & D. Ariel (1972). Para leer al pato Donald. México:Siglo XXI.
Vargas Llosa, M. (2000). Un mundo sin novelas. En Letras Libres, II(22), México.
[1] Francisco Gómez-Jara (1991, pp. 61-177 y 259-352) tiene una amplia caracterización de lo que es la familia en México, en la que incluye diferentes tipos como son: Extensa tradicional (tres o más generaciones), nuclear, monoparental, recompuesta, multigrupal (polinuclear), Poligámica, Colateral unipersonal, etcétera. La mayoría de los análisis para este trabajo parten de la familia nuclear: padre-madre e hijos.